Dominicano de tradición
Dominicano de tradición
El folklore es la huella más visible de la cultura de un pueblo. Cada lugar de República Dominicana, por invisible que sea en el mapa y por pequeño que parezca, tiene una tradición que contar, tiene algo que lo hace indispensable. Son como las piezas de un enorme rompecabezas: por más que se tengan, si llegara a faltar una sola no se podría armar nunca.
Muchos folcloristas han dedicado sus vidas a recoger cada una de las manifestaciones de la cultura popular dominicana. Desde principios del siglo XX se comenzó a documentar de una manera sistemática todo ese patrimonio que define y distingue a los dominicanos.
Folcloristas
Al folklore de República Dominicana se le han dedicado cientos de libros, escritos por estudiosos dominicanos y extranjeros. Algunas de nuestras tradiciones, incluso, han sido declaradas como Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO.
Antes solo los dominicanos sabíamos dónde está Villa Mella. Pero ahora la “capital” de los chicharrones es reconocida en el mundo entero porque en ella viven don Sixto Minier y los Congos de Villa Mella, una cofradía que se ha mantenido de generación en generación y que la UNESCO ya consideró Patrimonio de la Humanidad.
Pero hay muchas otras manifestaciones culturales nuestras que también merecen ese reconocimiento. En Cañafistol, un campo de Baní, viven los chuineros. Ese grupo de poetas que improvisan sus versos y cantos mantiene viva una tradición que ya desapareció en otros lugares de Hispanoamérica.
Pocas veces se sabe cómo comienza una tradición y hasta cuándo sigue estando vigente. Las tradiciones a veces se cantan, a veces se comen, a veces se bailan, a veces se visten, a veces se dicen y a veces se callan. Todo, el sonido y el silencio, lo que se ve y lo que no se ve de un pueblo, es su cultura.
Los nombres de las leyendas
Olivorio Mateo y Mamá Tingó son probablemente los dos personajes más legendarios de nuestro folklore. Olivorio fue un sacerdote popular que se convirtió en un líder guerrillero en San Juan de la Maguana y aún hoy es un símbolo nacional que cuenta con miles de seguidores.
Florinda Soriano Muñoz, “mamá Tingó”, fue una líder campesina que luchó por el derecho de los dominicanos a la tierra que cultivaban y que fue asesinada en 1974 en Hato Viejo, Yamasá, convirtiéndose en una mártir a la que aún muchos adoran y le cantan.
Cada dominicano tiene en su memoria a un líder carismático o a un “servidor de misterios” al que se le reconoce por determinados símbolos y festividades. Elupina Cordero, Julito Paniagua, Sixto Minier, Mellizo y Cun Cun son apenas cinco nombres entre decenas, quizás cientos, a los que siempre hay que cantar y rememorar.
Folklore material
El folklore material de un pueblo incluye sus viviendas, su gastronomía, sus medios de transporte, artesanía y los conocimientos que, transmitidos de generación en generación, son aplicados en su vida cotidiana. Por eso una casa de tejamanil es tan dominicana como una “voladora” que pasa por delante de nosotros con una bachata ensordecedora.
Si se miran detalladamente las casas que conforman las calles más populares de cada pueblo se pueden descubrir innumerables detalles que las hacen únicas, aun en la región del Caribe. Las paredes de tablas de palma, los techos de teja o de zinc, los tragaluces, los rombos, los vevé, las cruces y hasta los tipos de flores que se siembran alrededor de las viviendas son elementos de la cultura dominicana como el merengue o el moro de guandules.
Aunque la canoa fue nuestro primer medio de transporte, ya ha quedado como una reminiscencia del pasado. El caballo y el mulo, que en algún momento también fueron indispensables, ya cada vez se usan menos. Por eso llama tanto la atención cuando una marchanta pasa con su mulo por las avenidas de Santiago.
La vida moderna del dominicano se mueve gracias a dos vehículos que se han convertido en verdaderos iconos de nuestra identidad: la voladora y el motoconcho. Por eso son incontables los merengues, bachatas y reggaetones que los han “inmortalizado”.
Hablando en buen dominicano
Muchas veces, cuando se habla del folklore dominicano, los carnavales y la artesanía, la música y las tradiciones religiosas merecen la mayor atención. Casi siempre se ignora algo fundamental: el lenguaje del pueblo.
Esa manera única que tenemos de abreviar las letras iniciales de una palabra cuando queremos su rápida identificación nos identifica tanto (valga la redundancia) como un plato de mangú con dos ruedas de salami.
Pero como si eso no bastara, cada región tiene en su manera de hablar particularidades muy marcadas que convierten el mapa oral dominicano en un panorama diverso y de una gran riqueza. La “erre” de los sureños y la “i” de los cibaeños son los dos ejemplos más conocidos, pero no los únicos. Siglo tras siglo cada región ha formado su propio acento, la particularidad que los convierte en dominicanos singulares e irrepetibles.
Otra de las maneras de hablar en “buen dominicano” son los refranes populares. “Nos vemos en la curvita de la Paragüay”, “filo con filo no corta” o “al dedo malo to’ se le pega”, son expresiones que oímos día a día y en circunstancias muy diferentes. Ninguna de esas frases está escrita en ninguna parte, son parte de la memoria oral, de lo que repetimos porque antes lo hemos escuchado infinidad de veces.
El carnaval: ser más dominicano una vez al año
La Vega Vieja y Santo Domingo son los dos lugares de América donde primero se celebró un carnaval. Pero aquellas celebraciones de carnestolenda fueron una mimética reproducción colonial hasta que, con la independencia, los dominicanos le dieron un marcado carácter nacional.
Hoy los carnavales que se celebran en toda la geografía nacional son una muestra de la gran diversidad cultural que posee el país. A los tradicionales diablos cojuelos de La Vega, los lechones de Santiago, los papeluses y los platanuses de Cotuí se han sumado innumerables personajes de gran colorido procedentes de otros pueblos.
Los motivos marinos del carnaval de Río San Juan, el Olí-Olí de Samaná, los judas de Navarrete, el avechisa de Mao y los papujitos de Moca ya son tan tradicionales como los marimantas de Yerba Buena, los guloyas de San Pedro de Macorís o las expresiones y fantasías populares que se han desarrollado en Hato Mayor, La Romana o El Seibo.
En cada región el carnaval tiene una riqueza diferente. Si en el Cibao afloran las mayores influencias del carnaval europeo, en el Este las raíces y la identidad de los inmigrantes son definitorias, mientras que en el Sur las fusiones étnicas alcanzan una expresividad única.
Pero, al final, los guardianes del café de San José de Ocoa, las máscaras del Diablo de Elías Piña o los toros de Montecristi son una misma síntesis de esa festividad que se celebra una vez al año y donde los dominicanos son más dominicanos aún.
